Las hispanas que preparan los muertos por COVID – 19 en una funeraria de Harlem

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NUEVA YORK._ La funeraria International Funeral & Cremation Services situada en el edificio 1761 de la avenida Ámsterdam en el Este de Harlem, es una de las pocas abiertas las 24 horas en medio de la propagación de la pandemia, porque su directora, Lily Sage Weinrieb, decidió no cerrarles las puertas a los familiares de los muertos por el virus.

Apilando diariamente 50 o más cadáveres, la todo el personal de la funeraria son mujeres, dos de ellas las hispanas Jenny Adames y Alisha Narváez, ambas de 36 años de edad, quienes son supervisadas por la afroamericana Nicole Warring, de 33, quienes se encargan de buscar los muertos en los hospitales y manejar los cuerpos antes de cremarlos.

Todos los muertos se mantienen en ataúdes de cartón, ya que esperan sus turnos para ser enviados al horno, mientras los que siguen en la lista, se mantienen en el refrigerador.

La directora dijo que la funeraria fue cerrada, pero después de ve cientos de cadáveres sin reclamar siendo enterrados en fosas comunes del lúgubre cementerio de Hart Island en El Bronx, sintió que estaban fallando, y reabrió los servicios.

Adames, tuvo que maquillar una tía suya que fue velada en la misma funeraria en un momento en que escaseaban las máscaras y los guantes, ayuda que le pidió a su ex esposo, de quien estaba separada, pero dijo que como él trabaja en un hospital, tuvo que volver a hablarle para resolver el problema de los materiales para poder manejar los cuerpos.

Tuvo que mandarle la hija a su madre por temor a contagiarla en la casa por si daba positivo en la prueba de COVID-19.

Dijo que no recuerda el primer cuerpo que rechazó en la pandemia, pero sí el primer muerto que la hizo llorar cuando un hombre llamaba cada hora, cuatro veces al día, para que la funeraria se encargara de un amigo que murió del virus en un hogar de ancianos.

«Realmente no podía hacer nada y eso me rompió el corazón», dijo Jenny. “No es que lo estemos rechazando. Solo necesitamos ganar tiempo», agregó recordando que le respondió al hombre de las llamadas que no había espacio y él, le rogó diciéndole que no quería que tiraran el cadáver en una fosa común.

Los teléfonos en la sala fúnebre suenan constantemente, marcados por sirenas de ambulancia.

Los proveedores dicen que se están quedando sin ataúdes y urnas.

Jenny dice que ya no les entrega a las familias el catálogo de ataúdes, ella solo pregunta por el color, pero les da a las su número de teléfono.

Le envían mensajes de texto hasta altas horas de la noche.

Explica que la funeraria es la única que está permitiendo que 10 deudos velen por poco tiempo a sus muertos.

Jenny dice que las mujeres tienen que cuidarse ahora. El mensaje, dice: «limite su compasión por favor, porque tenemos que pasar al siguiente. No hay tiempo para detenerse”.

El abuelo de Adames murió de coronavirus el 6 de abril. Una semana después, el Viernes Santo, murió su tía.

«Sospechoso COVID-19», decía su certificado de defunción. Dice que eran sus familiares, por lo que se hizo cargo de los dos cadáveres.

«No soy del tipo emocional, no quiero parecer desalmada, pero es un trabajo. Es lo que hago», añadió.

Por su parte, Narváez dijo que se preocupa mucho para no contagiar a su hija de 17 años en el eventual caso que ella de positivo en la prueba y la envió a vivir con su hermana gemela, pero solo estuvieron dos semanas separadas.

«Siempre hemos sido ella y yo, y ella quería volver a casa», dijo Alisha en referencia a su hija.

Explicó que se baña en la funeraria después de los embalsamamientos y antes de entrar a su casa, se quita toda la ropa en el pasillo y se ducha nuevamente.

Ella rocía su bolso con Lysol y se enjuaga la boca con Listerine.

«Tengo que asegurarme de mantenerme saludable para no dañarla», dice Alisha. «Aunque ha estado en cuarentena durante varias semanas, cada día que regreso a casa del trabajo es el día cero para ella», agregó.

Nicole dijo que su esposo también trabaja en una funeraria y dio positivo, por lo que temió mucho por la familia y especialmente por su hija.

“Todos los cuerpos tienen la etiqueta de COVID-19 y cuando los veo, me parece que estoy ante un espectáculo de terror”, añadió.

Por Miguel Cruz Tejada

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