Higüey: Los horrores narrados por las venezolanas que vivieron en bar donde trabajaban como prostitutas

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HIGÜEY,RD.- La situación económica las llevó a salir de su natal Venezuela en busca de mejor vida, pero las tres sabían a lo que venían a este país. Verónica, Cristina y Yaneth (nombres ficticios) no desconocían el trabajo que iban a realizar en República Dominicana, pero jamás imaginaron que experimentarían de la peor forma la esclavitud a la que fueron sometidas.

Las tres mujeres forman parte de un grupo de 25, cinco de ellas dominicanas, que fueron rescatadas por las autoridades el pasado mes, de un negocio que operaba en Higüey, adonde llegaron producto de la crisis política, con serias consecuencias económicas, que vive en estos momentos Venezuela.

Por recomendación de algún allegado, las venezolanas se pusieron en contacto con los dueños del negocio VR City Lounge Bar, quienes les compraron el pasaje servidoras sexuales, según sus propias declaraciones.

Detallan que el boleto aéreo era pagado supuestamente por Raquel Santana, equivalente a unos 700 dólares, con quien también definían la forma de cómo debían saldar la deuda, que era trabajando en el bar ofertando sus servicios sexuales.

Dijeron que al llegar al país sus pasaportes fueron retenidos supuestamente por la señora Raquel Santana, pues tenían la obligación de trabajar para ella mientras tuvieran la deuda, y no podían ir a trabajar a otro negocio ni tomar vacaciones, porque ella decía que tenían que buscar la manera de pagarle su dinero.

VR City, bar donde trabajaban las extranjeras.

Sostuvieron que las salidas con los clientes dependían de si eran de paso o de amanecida. “El costo dependía: de paso, eran 3,500 pesos, y de amanecida 6,000 o 5,000 pesos. De ahí, uno negociaba, pero en caja, si la salida era de paso, ellos (los dueños del negocio) cobraban 500 pesos, y 1,000 pesos si era de amanecida.

No obstante, al no haber cancelado la deuda, se quedaban en caja con todo el dinero, hasta que pagáramos”, apuntan los testimonios judiciales de estas mujeres, a los que El Tiempo tuvo acceso.

Narraron que podían salir con más de una persona a la vez, pero que eso dependía de ellas. Dijeron que a esto último nunca la obligaron y que las salidas de las noches dependían de como estuvieran las mismas, pero que a mayor cantidad de salidas más rápido pagaban la deuda.

Explicaron que la señora Raquel Santana les informó de la vestimenta que debían utilizar, que eran trajes de baños, babydoll (una camisola corta femenina de tirantes, normalmente escotado, que suele llegar hasta las caderas), y body, dependiendo el día. El body es una prenda interior de una sola pieza que cubre el tronco del cuerpo, pero no las extremidades; es usada como ropa interior por mujeres.

Las venezolanas dijeron a las autoridades que estas vestimentas tenían que comprarlas ellas mismas. Manifestaron que al llegar a Higüey las llevaron a residir en una casa ubicada en el sector Los Rosales, donde también vivían entre 15 y 18 mujeres, la mayoría de nacionalidad venezolana, y dos dominicanas.

Tenían que pagar el alquiler de 500 pesos semanales, cada una, y debían cubrir ellas mismas su alimentación.

La llegada…, y su pesadilla
Las suramericanas llegaron al país en fechas distintas, por el Aeropuerto Internacional de Las Américas, en la capital, por donde viajan la mayoría de los venezolanos que residen actualmente en territorio dominicano. En su testimonio a las autoridades judiciales de Higüey, Verónica narra que llegó al país el 16 de agosto del 2017, y que nadie la recibió. Ya en suelo dominicano, esta mujer dice que llamó a Raquel Santana, su contacto, quien le indicó que tomara un taxi hasta Higüey.

Ramona de la Cruz, psicóloga de Arca de Amor de la Familia.

Señaló que aceptó el trabajo por su situación económica, ya que tiene dos hijos a quienes debe mantener en Venezuela. Manifiesta que tenían un horario de entrada y salida al negocio, organizado de la siguiente manera: de domingo a jueves, de 5:00 de la tarde a 1:00 de la madrugada, y los viernes y sábados, de 6:00 de la tarde hasta las 3:00 de la madrugada. Pero si llegaban 20 minutos más tarde del horario acordado, entonces la administración del negocio de diversión las castigaba con una multa de 500 pesos.

Verónica manifiesta que duró ocho meses y medio trabajando en el referido lugar. De su lado, Cristina declaró que decidió venir al país por las condiciones económicas de su país. Tiene dos niños que depende directamente de ella, y asegura que lo que ganaba en Venezuela no le alcanzaba para sustentar los gastos de su familia.

Sostuvo que durante el tiempo en que estuvo en el negocio tenía libre los lunes. Sin embargo, cuenta que por problemas corporales o físicas no podían faltar al trabajo, porque si no le imponían 1,000 pesos de multa.

“Si tenía el periodo (menstruación) tenía que ir a trabajar, porque esto no era impedimento (según los dueños del establecimiento). Estábamos obligadas a mantener relaciones sexuales con el periodo menstrual; nos mandaban a ponernos tampones”, exteriorizó Cristina.

Yaneth, de su parte, describió que es la segunda de cuatro hermanas y decidió aceptar la propuesta de venir a trabajar por dificultades económicas. Sus padres están enfermos: su padre sufre de tensión y su madre tiene un hongo en un pulmón. Indicó que tiene como propósito irse a su país lo antes posible, por miedo a que le pase algo a su integridad física.

Cifras alarmantes
Según la Procuraduría Especializada Contra el Tráfico Ilícito de Migrantes y Trata de Personas, en el país se han identificado, rescatado y asistido a víctimas de Trata de Personas y Explotación Sexual Comercial, de diferentes edades y sexos.

En el 2017, se registraron 13 víctimas de sexo masculino y 88 de sexo femenino, para un total de 101 víctimas de este crimen. De esta cantidad, 44 eran mujeres adultas e igual cantidad eran menores de edad. Mientras que de los masculinos, los 13 eran menores de edad.

En lo que va del 2018, estas estadísticas detallan que sólo se han identificado, rescatado y asistido a víctimas de trata de personas y explotación sexual y comercial de sexo femenino, a 48 personas, de las cuales 46 son adultas y dos menores de edad.

Centros de ayuda
Arca de Amor de la Familia es una fundación orientada a velar por personas vulnerables, donde les ofrecen ayuda psicopedagógica, psicoterapia y legal a casos conductuales, violencia de género e intrafamiliar.

La sicóloga Ramona de la Cruz, quien es parte del equipo de trabajo de esta fundación, explica que estas personas padecen o están sometidas a riesgos psicosociales y en los que se ven afectados el bienestar y la salud, física, psíquica, social y económica del individuo sometido a este tipo de explotación.

Precisó que muchas mujeres viven esta situación por desconocimiento de esta esta realidad, por falta de orientación familiar y también por la necesidad de buscar una mejor forma de vida, lo que las lleva a confiar en personas con malas intenciones que les brindan oportunidades que obviamente son falsas.

De la Cruz destacó que muchas de estas personas vienen de hogares vulnerables, y que para que esta situación no continúe se deben tomar medidas preventivas. Criticó que en este país se activan acciones después de ocurrido el hecho, se buscan culpables y se les dicta medidas de coerción.

“Pero después de ahí no sabemos que más podría pasar con esas personas”, observó esta profesional de la conducta. Dijo que en la medida en que se trabaje con medidas de prevención, se evitará que más personas tengan que vivir o padecer este tipo de situaciones, “que son traumatizantes”.

Expuso que Arca de Amor de la Familia les ofrece a las personas que han recibido algún daño emocional terapias ocupacionales, lo que les permite aprender un oficio para sustentar a su familia por sí misma y de forma honrada.

Citó ayuda expresadas en enseñanzas de manualidades, técnicas en uñas acrílicas, manicura y pedicura, confecciones de ropas, corchas y cojines, “lo que nos sirve para motivarlas a venir, y es de ahí donde empezamos a trabajar las situaciones psicopedagógica, psicoterapia y legal que presenten”, apuntó De la Cruz.

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