¿Cómo predicar el evangelio bíblicamente?

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El hombre está siempre en búsqueda de sentido y propósito, y la Biblia nos muestra que hay esperanza en el evangelio. Pero no siempre sabemos cómo presentar este evangelio de una manera bíblica. Con este artículo quiero darte algunas ideas que puedan guiarte a entender y predicar el evangelio una manera correcta.

1) Dios es el creador y dueño de todo
Todo empieza con Dios. Si Él nos creó —y a todo lo que hay en la tierra (Col. 1:15-16)—, no está cada cual por su cuenta. Debe haber un propósito para nosotros y para todo lo que sucede. Adán y Eva fueron los primeros que habitaron la tierra. Después que Dios creó al hombre, dijo que era muy bueno lo que acababa de hacer (Gén. 1:31). Él todo lo hizo perfecto, y para Su gloria. Él no solo nos creó, sino que está activamente sosteniéndonos para que Él reciba todo el honor que se merece (Ro. 11:36). A pesar de todo esto, el ser humano suprime la verdad que Dios ha hecho manifiesta en su corazón (Ro. 1:18-22).

2) Dios es perfectamente santo
El pecado apareció prontamente después de la creación. Dios dijo que el hombre podía comer de todo árbol que se encontraba en el Jardín, excepto uno: el árbol de la ciencia del bien y del mal. La regla era clara. Sin embargo, Adán y Eva creyeron saber mejor que Dios, y comieron del árbol prohibido (Gén. 3:6). Esta fue una clara rebelión contra su creador. Pecaron en contra del Dios santo.

Dios es santo (1 Sam. 2:2). No peca ni puede pecar. Es perfecto en todos sus atributos. No tiene ni principio ni final. A pesar de su insondable majestad, solemos cuestionar a Dios y su obrar. No nos gusta someternos a su Palabra, y pensamos saber mejor que Él. Así sucedió con Adán y a Eva, y así sucede con nosotros cuando queremos hacer nuestra propia voluntad.

3) Dios requiere obediencia, pero el hombre ha pecado
Dios, siendo santo, no tolera el pecado. Debe castigarlo (Ro. 6:23). El pecado nos separa de Dios y trae muerte. El hombre es culpable de transgredir la ley de Dios y debe pagar por su culpa. Está destinado a morir eternamente (Mt. 25:46a), a estar eternamente separado de Dios. ¡No hay terror más grande que ese! También muere físicamente como consecuencia de ese pecado.

El hombre debe ser santo porque Dios es santo (1 P. 1:16; Lv. 20:26). Es la vara de medición con la cual debemos compararnos (Mt. 5:48); el estándar es su ley (Stg. 2:10). El gran problema radica en que, como Adán y Eva, nadie puede cumplir la ley (Ro. 3:10-11). Todos somos pecadores y merecemos morir (Ro. 2:23). Adán trajo el pecado al mundo. A través de Adán, todos hemos pecado (Ro. 5:12). Todos hemos ofendido a Dios y nos hemos rebelado contra Él. Por tanto, estamos condenados a morir (Ro. 5:18a).

El problema continúa porque no hay nada que podamos hacer por nosotros mismos que pueda acercarnos a Dios (Is. 64:6). Ningún intento humano es suficiente. Dios es santo y no aceptará nuestras buenas obras solo porque nosotros lo digamos (Sal. 49:7-8). Ninguna buena obra nos dará aceptación, perdón o vida eterna. Por más que intentemos, nada podrá garantizarnos salvación o una mayor cercanía con Dios.

Muchas religiones tratan de “ganarse la salvación” esforzándose mucho mientras viven en la tierra. Sacrifican sus vidas, pagan impresionantes cantidades de dinero para ello, y sinceramente creen que ganarán una vida eterna llena de gozo y paz. Creen que están en lo correcto. Sin embargo, están sinceramente equivocados (Pr. 14:12). La Biblia es clara cuando dice que Dios es el que salva (Ef. 2:8-9). Hay un único camino. Fuera de Él no hay salvación. Fuera de Él solo hay un destino eterno en el infierno, separados de Dios para siempre. La ausencia de Dios será lo más duro.

4) Dios envió a su Hijo a morir
La buena noticia es que hay esperanza para el pecador. Él debe confiar en el plan de Dios después de reconocer su propia condición y arrepentirse de su pecado. El Señor planeó, decidió, y decretó rescatar a los pecadores incluso antes de que hubieran pecado.

El plan de Dios fue revelado a Adán, Eva, y Satanás tan pronto como los primeros dos comieron del fruto del árbol prohibido (Gén. 3:15). Un Salvador vendría a pagar por el pecado (Jn. 1:29).

Más adelante, el Señor dio la ley para demostrar la incapacidad del hombre para guardarla y cumplirla. Nadie podía. Esto solamente apuntaba más y más a la necesidad de un Salvador. Dios permitió los sacrificios de animales como medio de pago temporal por los pecados de cada individuo. Los animales morirían como sustitutos de los pecadores, pero todo esto apuntaba al Cordero perfecto.

Dios envió a su único Hijo como Salvador. Jesús se encarnó y fue cien por ciento Dios y cien por ciento hombre (Fil. 2:5-7). Este Cordero perfecto fue el segundo Adán (1 Co. 15:45). Vino al mundo a enmendar las cosas; vivió sin pecado (1 Pe. 2:22a), de tal forma que podía morir (Fil. 2:8) y pagar por los pecados de los suyos. Sólo un Cordero perfecto podía pagar perfectamente.

Jesucristo murió para pagar la consecuencia del pecado (Is. 53:5). Cristo se hizo pecado por nosotros, sufriendo la ira de Dios (2 Co 5:21). Este sacrificio fue hecho una vez y para siempre (He. 7:27). Su sacrificio fue suficiente. Él ya pagó y no se puede añadir nada más.

Dios proveyó el camino de salvación. El hombre necesitaba un sacrificio perfecto por el pecado (Mt. 20:28) y solo Dios encarnado podía proveerlo (1 Pe. 3:18). El amor de Dios fue mostrado claramente (Ro. 5:8). Solamente el sacrificio de Cristo es capaz de traer al hombre a una restauración de su relación con un Dios santo.

Jesús no solo murió, sino que también resucitó de entre los muertos (1 Co. 15:3-4). ¡Estas también son muy buenas noticias! Si Cristo no hubiera resucitado, todo esto no tendría validez (1 Co. 15:14). Él no sería Dios y su sacrificio no sería suficiente. Sería simplemente una muerte más. Él dijo que daba Su vida voluntariamente y de la misma forma la tomó de regreso. Esto confirmó Su deidad. El Padre le exaltó a lo sumo, y recibió toda la gloria (Fil. 2:9-11). Jesús está sosteniendo a los Suyos cada día y lo seguirá hacienda hasta el final (Jn 14:2).

5) El hombre necesita arrepentirse
El hombre, siendo pecador, debe arrepentirse si cree que todo esto es verdad (Is. 55:7). No es remordimiento, es volverse del pecado, y esto es algo que solo Dios puede otorgar (Jn. 12:24-25). Quien rechace este regalo de gracia será condenado por toda la eternidad. Quien confíe en Jesús como Señor y Salvador, y se arrepienta, tendrá vida eterna (Ro. 10:9).

Dios está llamando a los hombres a arrepentirse de su pecado y volverse a Él (Hch. 17:30). Quien confiese sus pecados (2 Co. 6:2) será perdonado por Dios y Él imputará su justicia en él. Un día, Jesús regresará y juzgará a aquellos que no se arrepintieron, los que no tuvieron pago por su pecado. Entonces ellos mismos deberán pagar. El pago será con su vida por la eternidad (2 Tes. 1:7.8).

6) En Cristo hay esperanza
Sin Cristo estamos sin esperanza. No podemos esperar sino la muerte. Pero Jesucristo tuvo a bien mostrar su gracia y amor para que pudiésemos ser salvos de la ira de Dios y tener acceso una vez más ante el Padre por medio de Él. Ya no somos más enemigos de Dios. Esto es gracia, esto es amor, esto es el evangelio, y todo es para que Su nombre sea exaltado por sobre todo. Tú y yo necesitamos escuchar y creer este mensaje cada día. ¿Podrías compartir con alguien estas buenas nuevas?

Josué Pineda Dale sirvió por muchos años en su iglesia local en El Salvador a través de la enseñanza a la iglesia, matrimonios y grupos pequeños. En la actualidad, cursa una Maestría en Divinidad en el Master’s Seminary, en Los Ángeles, California. Forma parte de la Iglesia Grace Community Church, donde sirve en el ministerio hispano y en el ministerio de niños. Está casado con Mabe y juntos tienen dos hijos: Daniel y Valentina. Escribe en back2thecross.org y puedes encontrarlo en Twitter. Fuente

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